SAN JOSÉ

“el hombre justo”.

Padre adoptivo de Jesús

 

“...Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo  (Mt 1, 16)

Escasa información evangélica existe acerca de este gran personaje elegido entre todos por el Altísimo para ser el protector, el guardián, el hombre fuerte y prudente, compañero fiel e incondicional de María, su esposa, y padre adoptivo del Salvador.

Resulta sorprendente que S. Juan, el discípulo predilecto de Jesús,  le cite muy brevemente en tan solo dos ocasiones:  Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (1, 45).   “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos?” (6, 42).

S. José aparece en el Evangelio de S. Mateo en pequeñas pinceladas.  S. Lucas le concede algo más de extensión.  Para S. Marcos es un José desconocido;  no se encuentra referencia alguna que le mencione.

S. José, caso excepcional en las Escrituras:  un Santo del que no se escucha ni una sola palabra, del que no se cita lo que habla ni lo que dice, del que no se sabe cómo se expresa, cómo expone lo que piensa, lo que opina de la situación tan complicada y comprometida en que la Historia de la Salvación le sumerge y le hace desarrollar uno de los protagonismos más impactantes e importantes de la Vida de Nuestro Señor.

S. José, un varón que habla y que calla, un varón obediente que está sin estar, un varón que sufre de tremendas incertidumbres; un varón, en el que, se cumple el mandato del profeta antiguo: “Sean pocas tus palabras”.  Dios permite que de tan gran amparador de Jesús no se conserve ni una sola sílaba para así mostrar el poderoso valor del silencio.

Belén, la ciudad de David y sus descendientes, es su posible lugar de nacimiento.  Sin embargo, cuando el Nuevo Testamento de S. Lucas comienza unos pocos meses antes de la Anunciación, S. José aparece en Nazaret  (Lc 1, 26-27).

El por qué del abandono de su probable tierra natal para establecerse en Galilea no ha sido averiguado.

El Padre Eterno escoge esa ciudad humilde y desacreditada para que el ejemplo de los valores de pobreza, sencillez, obediencia y desprendimiento que la Sagrada Familia representan lleguen al corazón de mujeres y hombres.

Nazaret, hogar de Jesús por alrededor de 30 años, la ciudad de la que la gente se pregunta:  ¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?” (Jn 1, 46), es el escenario que explica la trascendencia de la labor de S. José en su taller mientras su Hijo a su lado “crecía en sabiduría y estatura y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc 2, 52).

S. Lucas refiere que S. José es “hijo de Helí (3, 23), y S. Mateo afirma que “Jacob engendró a José, marido de María” (1, 16).  Ambos destacan al rey David, padre de Salomón, como antepasado de S. José.

S. Mateo da de él las siguientes reseñas en el cap. 1, versículos 18 al 25:  Estando desposada María la madre de Jesucristo con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo ...”.  José, su marido, como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente...” .  “Un ángel del Señor le aparece en sueños y le dice:  José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que hay en ella es engendrado del Espíritu Santo”.

S. Lucas en cap. 1, versículos 26 al 35, hace esta extensión: “Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David...”.  El Ángel bendice a María, le anuncia la concepción y el dar a luz a un hijo al que llamará Jesús.  María en su turbación expresa al Ángel:  ¿Cómo será esto? Pues no conozco varón”.

Es de suponer el sufrimiento, la preocupación, la inquietud, la vacilación, el drama sufridos por S. José viendo a María embarazada sin tener él arte ni parte en su maternidad:  sospechas, miedos, recelos, deseos de huir, vueltas y más vueltas a un alocado pensamiento de ideas imparables.

Sin embargo, cuando Dios elige, elige bien; cuando Dios actúa, lo hace magistralmente y selecciona aquel hombre, aquella mujer que sabe van a responder a la más exigente de las Voluntades.

S. José vuelve a aparecer en el relato de S. Lucas saliendo con María, en estado, desde Nazaret a Belén, cumpliendo la orden del edicto de César Augusto que “todo el mundo fuese empadronado...”(Lc 2, 1-7)

Nuevo drama para S. José:  su mujer a punto de dar a luz en una ciudad donde no hay lugar para acogerse.  Cuando Jesús nace en Belén, María “lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón”.  Allí se presentan pastores enviados por un ángel   “...y hallaron a María y a José y al niño” (Lc 2, 8-20).

Nueva nube oscura de ansiedad se cierne:  S. Mateo en su cap. 2 refiere “la venida del oriente a Jerusalén de unos magos para adorar al rey de los judíos que ha nacido”, lo que despierta los asesinos celos de Herodes para eliminar a esa criatura.

Un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: levántate y toma al niño y a su madre y huye a Egipto...”  Y allá se dirigen con sed, con calor, sin sombra, con escasos alimentos, hasta que de nuevo S. José, avisado por el ángel toma a su familia y regresa “a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret” (Mt 2, 22-23).  

A partir de ahí, S. José no aparece nunca más en el Evangelio de S. Mateo.

S. Lucas prolonga su presencia: en cap 2 escribe en singular y en plural: “...le pusieron por nombre Jesús”; “...le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor”;  “...y cuando los padres del niño Jesús le trajeron al templo...”; “...y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de El”; “...iban sus padres todos los años a Jerusalén...”;  “...al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén sin que lo supiesen José y su madre”.  Ahí Jesús permanece tres días sin que José y María que le “buscan con angustia” sepan dónde está.

San Lucas cita a S. José en dos únicas ocasiones más: “José, hijo de Helí” (3, 23). “¿No es éste el hijo de José?” (4, 22).  Desde este momento, S. José desaparece por completo , y no se sabe más de él.

Está justificado que su muerte ocurra antes del episodio de las bodas de Caná en las que S. José no aparece invitado a las mismas, y sí Jesús y María.  Tampoco en el Calvario está presente, dado que Jesucristo deja encargada la custodia de su madre a S. Juan.

El culto dado por la Iglesia a S. José ha sido lento por el hecho de que durante los primeros siglos de cristianismo eran sólo los mártires quienes gozan de admiración.  Las huellas más tempranas de reconocimiento se hallan en Oriente: los coptos ya celebran su fiesta en el s.IV.  Un oratorio en su honor se erige por Sta. Elena en Belén.

Son los Carmelitas quienes trasladan de Oriente a Occidente su veneración.  Gran devoción a S. José infunde Sta. Teresa, poniendo bajo su advocación todas sus fundaciones.  Otros, como S. Bernardo, S. Fco. de Sales, Sto. Tomás de Aquino, Sta. Brígida de Suecia, S. Vicente Ferrer, S.Bernardino, son grandes impulsores de la santidad de S. José.

Pío IX le declara en 1870 patrono de la Iglesia Católica.

S. José, el “hombre justo”, elogio otorgado por el Espíritu Santo, nos haga comprender la necesidad de depositar la confianza, la esperanza, la vida en las manos amorosas de Dios, tal como él hizo.

 José Ramón González